Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Lo he preguntado por si acaso usted lo sabÃa —dijo Aliocha.
—Ni sé dónde está ni quiero saberlo.
—Mi hermano me ha dicho que usted le informa de todo lo que sucede en la casa y que, además, le ha prometido avisarle si llega Agrafena Alejandrovna.
Smerdiakov, impasible, alzó la vista y la fijó en Aliocha.
—¿Cómo se las ha arreglado usted para entrar? Hace una hora que el cerrojo está echado.
—He saltado la valla. Perdóneme, MarÃa Kondratievna. Deseo ver a mi hermano cuanto antes.
—¿Habrá alguien capaz de quererle mal? —murmuró la joven, halagada—. Asà suele introducirse Dmitri Fiodorovitch en el pabellón. Cuando uno lo ve, ya está instalado.
—Voy en su busca. Necesito verle. ¿No podrÃan decirme dónde está en este momento? Se trata de un asunto importante y que le interesa.
—Nunca nos dice adónde va —balbuceó MarÃa Kondratievna.
—Incluso aquÃ, en esta casa amiga, su hermano me acosa con sus preguntas sobre mi amo. Qué pasa en su casa, quién viene, quién sale, si hay alguna novedad... Dos veces me ha amenazado de muerte.
—¿Es posible? —exclamó Aliocha, atónito.