Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov La familia de su protector, Eutimio Petrovitch Polienov, le tomó tanto cariño, que todos lo consideraban como el niño de la casa. Aliocha había llegado a este hogar a edad tan temprana, que no podía conocer la premeditación ni la astucia; a una edad en que se ignoran los artificios con que uno puede atraerse el favor ajeno y en que se desconoce el arte de hacerse querer. Por lo tanto, este don de atraerse las simpatías era en él algo natural, espontáneo, ajeno a todo artificio. Lo mismo ocurrió en el colegio, donde los niños como Aliocha suelen atraerse la desconfianza, las burlas a incluso el odio de sus compañeros. Desde su infancia le gustó aislarse para soñar, leer en un rincón. Sin embargo, durante sus años de colegial gozó de la estimación de todos sus condiscípulos. No era travieso, ni siquiera alegre, pero, al observarlo, se vela en seguida que no era un niño triste, sino que poseía un humor apacible a invariable. No quería ser más que nadie; acaso por esta razón a nadie temía. Y sus compañeros observaban que, lejos de envanecerse de ello, procedía como si ignorase su valor y su resolución. Tampoco conocía el rencor: una hora después de haber recibido una ofensa, dirigía la palabra al ofensor con toda naturalidad, como si no hubiera pasado nada entre ellos. No es que diera muestras de haber olvidado la ofensa, ni de haberla perdonado, sino que no se consideraba ofendido, y con esto se captaba la estimación de los niños.