Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Ya sabÃa yo que llegarÃas a eso... Bien, sea. Tú tienes dos mil rublos: ésta será tu dote. Yo, ángel mÃo, no te abandonaré nunca y pagaré por ti todo lo que sea necesario... si nos lo piden. Si no nos piden nada, ¿para qué entrometernos? ¿No te parece? Tú necesitas tan poco dinero como alpiste un canario... A propósito: conozco un caserÃo, próximo a cierto monasterio, que está habitado exclusivamente por las «esposas de los monjes» , como se las llama. Hay unas treinta... Yo he ido a esa aldea. Es interesante, algo que se sale de lo corriente. Lo malo es que no hay allà más que rusas; no se ve ni una sola francesa. Bien podrÃa haber francesas, porque los fondos no faltan. Cuando ellas lo sepan, acudirán... En nuestro monasterio no hay mujeres; sólo doscientos monjes. Ayunan conscientemente, no lo dudo... ¿De modo que quieres abrazar la religión? Esto es una pena para mÃ, Aliocha. Me habÃa acostumbrado a tenerte conmigo... Sin embargo, esto significa para mi una buena ocasión, ya que podrás rogar por nosotros, los pecadores que no tenemos limpia la conciencia. Más de una vez me habÃa preguntado: ¿quién rogará por mÃ? Mi querido Aliocha, yo soy un ignorante sobre estas cuestiones. No lo dudes: un ignorance en toda regla. Sin embargo, a pesar de mi estupidez, reflexiono a veces y me digo que los demonios me arrastrarán con sus garfios cuando me muera. Y me pregunto: ¿de dónde salen esos garfios? ¿Son de hierro? ¿Dónde los forjan? ¿Tendrán los demonios una fábrica?... Los religiosos están seguros de que el infierno tiene techo. Yo creo de buen grado en el infierno, pero en un infierno sin techo, como el de los luteranos.