Los hermanos Karamazov

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Iván Fiodorovitch salió dos veces al rellano para acechar. A eso de las dos, cuando todo estaba en calma, se acostó con un ávido deseo de dormirse, pues estaba extenuado. Se durmió profundamente, sin ensueños, y cuando despertó ya era de día. Al abrir los ojos se sorprendió de sentir una energía extraordinaria, se levantó, se vistió rápidamente y empezó a hacer la maleta. Precisamente la lavandera le había traído la ropa lavada. Sonrió al pensar que nada se oponía a su repentina marcha. Bien podía calificarse de repentina. Aunque Iván Fiodorovitch hubiera dicho el día anterior a Catalina Ivanovna, Aliocha y Smerdiakov que saldría al día siguiente para Moscú, recordaba que, al acostarse, no tenía el propósito de partir; por lo menos, no sospechaba que al levantarse empezaría inmediatamente a hacer la maleta. Al fin, tanto ésta como su maletín estuvieron listos. Eran ya las nueve cuando apareció Marta Ignatievna para preguntarle como de costumbre:

—¿Toma usted el té aquí o abajo?






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