Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Bajó casi alegremente, aunque sus palabras y sus ademanes denunciaban cierta agitación. Saludó afablemente a su padre, incluso le preguntó por su salud, pero, sin esperar su respuesta, le manifestó que partiría al cabo de una hora para Moscú, y le rogó que hiciera preparar los caballos. El viejo le oyó sin la menor muestra de asombro, sin ni siquiera adoptar, por cumplido, un aire de pesar. En cambio, recordó, no sin placer, cierto importante asunto que podía encargarle.
—¡Qué raro eres! Ayer no me dijiste nada. Pero no importa, todavía hay tiempo. Hazme un gran favor: pasa por Tchermachnia. No tienes más que doblar a la izquierda en la estación de Volovia. Recorres una docena de verstas a lo sumo, y ya estás allí.
—Perdona, pero no puedo. De aquí a la estación hay ochenta verstas; el tren de Moscú sale a las siete; tengo el tiempo justo.