Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Observa que entre ocho mil y once mil hay tres mil de diferencia. Esto representarÃa para mà un dinero que no esperaba recibir y del que tengo gran necesidad. Si me dices que los tratos van en serio, yo encontraré el tiempo preciso para ir a cerrarlos. ¿Para qué ir ahora, no sabiendo si el pope se ha equivocado?
Bueno, ¿vas a ir o no?
—Perdona, pero no tengo tiempo.
—Haz este favor a tu padre y toda la vida te lo estaré agradeciendo. Sois todos unos desalmados. ¿Qué significan para ti un dÃa o dos? ¿Adónde vas tú ahora, a Venecia? No temas que desaparezca del mapa. HabrÃa enviado a Aliocha; ¿pero qué sabe él de esto? En cambio, tú eres astuto: se ve a la legua. Tú no eres traficante en bosques, pero sabes ver las cosas. Lo importante ahora es averiguar si ese hombre habla en serio. Te lo repito: tú mira su barba, y si ves que se agita, habla en serio.
—Es decir, que tú mismo me obligas a ir a esa maldita Tchermachnia —dijo Iván con una sonrisa sarcástica.
Fiodor Pavlovitch no observó o no quiso observar el sarcasmo y se fijó sólo en la sonrisa.
—¿De modo que irás? He de darte un billete.
—No sé si iré. Lo decidiré por el camino.