Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —¿Por qué por el camino? Decídelo ahora. Una vez arreglado el asunto, ponme dos líneas. Entrégaselas al pope: él se encargará de remitirme tu carta. Después podrás partir libremente para Venecia. El pope te llevará en coche a la estación de Volovia.
El viejo estaba radiante de alegría. Escribió el billete y envió en busca de un coche. Se sirvió un ligero almuerzo y coñac. El júbilo solía hacer expansivo a Fiodor Pavlovitch, pero esta vez el viejo se contenía. Ni una palabra acerca de Dmitri. La separación no le afectaba lo más mínimo y no sabía qué decir. Iván Fiodorovitch se sintió herido. «Le molestaba», pensó. Fiodor Pavlovitch acompañó a su hijo hasta el pórtico. Hubo un momento en que pareció que iba a besarle, pero Iván Fiodorovitch se apresuró a tenderle la mano, con el evidente propósito de evitar el beso. El viejo lo comprendió y se detuvo. Estaban en la escalinata.
—Que Dios te guarde. Supongo que volverás aunque sólo sea una vez. Verte será siempre un placer para mí. Que el Señor te acompañe.
Iván Fiodorovitch subió en el tarantass.
—¡Adiós, Iván! ¡No me guardes rencor! —le gritó su padre finalmente.
Smerdiakov, Marta y Grigori habían acudido para decirle adiós. Iván les dio diez rublos a cada uno. Smerdiakov se acercó al coche para arreglar la alfombra.