Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —¿Ves? Voy a Tchermachnia —dijo de pronto Iván, a pesar suyo y con una risita nerviosa. Y se acordó mucho tiempo de esto.
—Entonces es verdad, como se dice, que da gusto conversar con un hombre inteligente —repuso Smerdiakov, dirigiendo a Iván una mirada penetrante.
El tarantass partió al galope. El viajero estaba preocupado, pero miraba ávidamente los campos, los ribazos, una bandada de patos salvajes que volaba a gran altura bajo el claro cielo... De pronto experimentó una sensación de bienestar.
Intentó charlar con el cochero y se interesó vivamente por una de sus respuestas, pero en seguida se dio cuenta de que su atención estaba en otra parte. Se calló y respiró con placer el aire fresco y puro. El recuerdo de Aliocha y de Catalina Ivanovna cruzó su mente. Sonrió dulcemente y de un soplo desvaneció los queridos fantasmas.
«Más adelante», se dijo.
Llegaron pronto al puesto de relevo, donde se engancharon nuevos caballos para continuar el viaje a Volovia.
«¿Por qué habrá dicho que da gusto conversar con un hombre inteligente? —se preguntó de súbito—. ¿Qué estaría pensando al decir esto? ¿Y por qué le habré dicho yo que iba a Tchermachnia?»
Cuando llegaron a Volovia, Iván bajó del coche y varios cocheros le rodearon.