Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Concertó el precio para la visita a Tchermachnia: doce verstas por un camino vecinal. Ordenó que engancharan, entró en el local, miró a la encargada y volvió a salir al pórtico.
—No voy a Tchermachnia. ¿Puedo llegar a las siete a la estación, muchachos?
—A sus órdenes. ¿Hay que enganchar?
—Ahora mismo. ¿Va mañana a la ciudad alguno de vosotros?
—Sí, Dmitri ha de ir.
—¿Quieres hacerme un favor, Dmitri? Se trata de ir a casa de mi padre, Fiodor Pavlovitch Karamazov, y decirle que no he ido a Tchermachnia,
—Lo haré. Conocemos a Fiodor Pavlovitch desde hace mucho tiempo.
—Toma la propina, pues no hay que esperar que él te la dé— dijo alegremente Iván Fiodorovitch.
—Desde luego —exclamó Dmitri, echándose a reír—. Gracias, señor. Cumpliré su encargo.
A las siete de la tarde, Iván subió al tren de Moscú. «¡Olvidemos todo el pasado! Olvidémoslo para siempre. No quiero volver a oír hablar de él. Voy hacia un nuevo mundo, hacia nuevas tierras, sin volver la vista atrás.»