Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Pero, de súbito, una nube envolvió su alma y una tristeza tan profunda como nunca había sentido le oprimió el corazón. Estuvo toda la noche pensativo. Hasta la mañana siguiente, a su llegada a Moscú, no se recobró.
«Soy un miserable», se dijo.
Después de marcharse su hijo, Fiodor Pavlovitch respiró. Durante dos horas, con ayuda del coñac, se sintió poco menos que feliz. Pero entonces se produjo un incidente enojoso que lo consternó. Smerdiakov, al bajar al sótano, resbaló en el primer escalón de la escalera. Marta Ignatievna, que estaba en el patio, no vio la caída, pero oyó el grito extraño del epiléptico presa de un ataque: conocía bien este grito. Si el ataque le había acometido en el momento de poner el pie en la escalera y había sido la causa de que cayera rodando hasta abajo, o si había sido la caída y la conmoción consiguiente lo que había provocado el ataque, no era posible saberlo. Lo cierto es que lo encontraron en el sótano presa de horribles convulsiones y echando espuma por la boca. Al principio se creyó que estaba herido, que se había roto algún miembro; pero «el Señor lo había protegido», según dijo Marta Ignatievna. Estaba indemne.
Sin embargo, no fue cosa fácil llevarlo arriba. Se consiguió con la ayuda de algunos vecinos. Fiodor Pavlovitch, que presenciaba la operación, echó una mano.