Los hermanos Karamazov

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No pocos monjes se sorprendieron de esta prescripción y la comentaron moviendo la cabeza con semblante sombrío. Uno de los principales murmuradores fue el padre Teraponte, al que ciertos detractores del padre Zósimo se habían apresurado a notificar la insólita medida.

—¡Vete! —dijo enérgicamente el padre Paisius—. No somos los hombres los llamados a juzgar, sino Dios. Tal vez sea esto una advertencia, pero ni tú, ni yo, ni nadie, somos capaces de comprenderla. ¡Vete, padre Teraponte, y no agites más al rebaño!

—No observaba el ayuno prescrito a los profesos. Ésa es la causa de la advertencia. La cosa está clara, y es un pecado disimular lo que se está viendo.

El fanático monje, dejándose llevar de su celo extravagante, continuó:

—Adoraba las golosinas. Las damas se las traían en sus bolsillos. Lo sacrificaba todo a su estómago. Llenaba su cuerpo de bombones y su espíritu de arrogancias. Por eso ha sufrido esta ignominia.

—Todo eso son futilezas, padre Teraponte. Admiro tu ascetismo, pero tus palabras son trivialidades semejantes a las que dicen en el mundo los jóvenes inconstantes y aturdidos. Vete, padre: te lo ordeno.

El padre Paisius dijo esto último con acento imperioso. El padre Teraponte, un tanto desconcertado pero conservando su irritación, repuso:


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