Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Ya me voy. Te envaneces de tu sabiduría ante mi ignorancia. Llegué aquí con una instrucción muy escasa y olvidé lo poco que sabía. Pero el Señor ha preservado a este pobre ignorante de tu sabiduría.
El padre Paisius permanecía ante él, inmóvil a inflexible.
El padre Teraponte guardó silencio unos instantes. De pronto se entristeció, se llevó la mano derecha a la mejilla y dijo con voz gimiente, mientras fijaba la vista en el ataúd del starets:
—Mañana se cantará para él el glorioso himno «Ayuda y protección». En cambio, cuando muera yo, se me cantará solamente el modesto versículo « ¡Qué venturosa vida!»
Y rugió como un loco:
—¡Os habéis engreído! ¡Este lugar está desierto!
Después agitó los brazos, dio rápidamente media vuelta y bajó corriendo la escalinata. EI grupo que le esperaba tuvo un momento de vacilación. Algunos le siguieron inmediatamente; otros demostraron menos prisa. El padre Paisius había salido al pórtico y allí permanecía inmóvil, contemplando la escena. Pero el viejo fanático no había terminado aún. Habría dado unos veinte pasos cuando se volvió hacia el sol del atardecer, levantó los brazos y se desplomó, como la planta segada por la hoz, gritando: