Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —¡Mi Señor ha vencido! ¡Cristo ha vencido al sol del ocaso!
Sus gritos eran desaforados. DirigÃa los brazos al sol y su frente tocaba la tierra.
Luego se echó a llorar como un niño. Los sollozos sacudÃan su cuerpo; barrÃa con los brazos la tierra.
Todos acudieron a auxiliarle. Se oyeron llantos, exclamaciones... Una especie de delirio se habÃa apoderado de aquellos hombres.
—¡Es un justo, un santo! —gritaron algunos como desafiando a los que pudieran oÃrles.
Y otros exclamaban:
—¡Merece ser starets!
Pero no faltó quien replicara:
—No querrá serlo. Si lo nombran, no aceptará... No puede prestarse a una innovación maldita; nunca será cómplice de esas locuras.
No era fácil prever lo que habrÃa ocurrido si en ese preciso momento la campana no hubiese anunciado el comienzo del servicio divino.