Los hermanos Karamazov

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Todos se santiguaron. El padre Teraponte se levantó, se santiguó también y se dirigió a su celda sin volverse y murmurando palabras incoherentes. Algunos le siguieron, pero la mayoría se dirigió a la iglesia. El padre Paisius cedió su puesto al padre José y se marchó. Los clamores de los fanáticos no hacían mella en su ánimo, pero de pronto sintió que una gran tristeza invadía su corazón. Se dijo que este pesar procedía, por lo menos en apariencia, de una causa insignificante. Esta causa era que entre la agitada multitud que momentos antes se agrupaba ante el pórtico había distinguido a Aliocha, y recordaba que, al verlo, había sentido cierta amargura.

«No sabía que ocupaba un puesto tan importante en mi corazón», se dijo, sorprendido.

En este momento, Aliocha pasó por su lado. Iba de prisa. ¿Hacia dónde? El padre Paisius lo ignoraba, pero era evidente que no iba a la iglesia. Las miradas de ambos se encontraron. Aliocha volvió la cabeza y bajó la vista. Al padre Paisius le bastó ver su semblante para comprender el profundo cambio que se había operado en él.

—¿También a ti te han embaucado? —preguntó el padre. Y añadió tristemente—: ¿Te has unido a los hombres de poca fe?


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