Los hermanos Karamazov

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Aliocha se detuvo, lo miró inexpresivamente y en seguida volvió la cabeza de nuevo y bajó los ojos. El padre Paisius lo observaba atentamente.

—¿Adónde vas tan de prisa? Las campanas han sonado llamando al oficio.

Aliocha no respondió.

—¿Piensas dejar la ermita sin pedir permiso? —volvió a preguntar el padre Paisius—. ¿Vas a marcharte sin recibir la bendición?

De pronto, Aliocha sonrió levemente y dirigió una extraña mirada al padre que lo estaba interrogando. A él lo había confiado, antes de su muerte, el que había sido su director y el dueño de su corazón y de su alma: su venerado starets.

Después, y todavía sin contestar, agitó la mano como si aquellas atenciones no le importasen y se dirigió a paso rápido a la salida de la ermita.

—Volverás —murmuró el padre Paisius, siguiéndole con una mirada en la que se reflejaba una dolorosa sorpresa.

CAPITULO II


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