Los hermanos Karamazov

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—Quieres luchar contra el diablo —dijo intrépidamente el padre Paisius—, y lo que haces, tal vez, es servirlo. ¿Quién puede decir de sí mismo que es un santo?

¿Acaso tú?

—Yo soy un pobre pecador y no un santo —bramó el padre Teraponte—. Yo, ni me siento en un sillón ni quiero que se me adore como a un ídolo. Hoy los hombres arruinan la fe.

Se volvió hacia la multitud y añadió:

—El difunto, su santo, ahuyentaba a los demonios. Tenía una droga contra ellos. Y he aquí que pululan alrededor de él como arañas en los rincones. Ahora su cuerpo apesta, y nosotros vemos en ello una advertencia del Señor.

Esto era una alusión a un hecho real. Tiempo atrás, el demonio se había aparecido a uno de los monjes, primero en sueños y otro día estando el religioso despierto. Este, aterrado, se apresuró a consultar al padre Zósimo, el cual le prescribió ayuno riguroso y rezos fervientes. Como esto no diera resultado, el starets le dio una poción, que debía tomar sin interrumpir las prácticas piadosas.


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