Los hermanos Karamazov

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—¿Eres tú, Alexei? ¿Pero es posible que...?

No terminó la pregunta. Quería decir: «¿Es posible que estés aquí?» Aliocha no volvió la cabeza, pero hizo un movimiento que indicó a Rakitine que el joven lo oía y lo comprendía.

—¿Qué te pasa? —siguió preguntando en un tono de sorpresa. Pero en seguida apareció en sus labios una sonrisa irónica—. Oye, te estoy buscando desde hace dos horas. Has desaparecido repentinamente. ¿Qué haces aquí? Mirame al menos.

Aliocha levantó la cabeza. Luego se sentó, apoyando la espalda en el tronco del árbol. No lloraba, pero en su semblante había una expresión de sufrimiento y en sus ojos se leía la indignación. No miraba a Rakitine, sino hacia un lado.

—Tu cara no es la de siempre. Tu famosa dulzura ha desaparecido. ¿Estás enojado con alguien? ¿Has sufrido alguna afrenta?

—¡Déjame! —dijo de pronto Aliocha, todavía sin mirarlo y con un gesto de hastío.

—¡Hay que ver! ¡Un ángel gritando como un simple mortal! Con toda franqueza, Aliocha, estoy asombrado. Yo, que no me asombro de nada. Te creía más cortés.

Aliocha le miró al fin, pero distraídamente, como si no lo comprendiera.


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