Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Y todo —dijo Rakitine, sinceramente sorprendido—, porque lo viejo huele mal. ¿De veras creÃas que podÃa hacer milagros?
—CreÃa, creo y siempre creeré —respondió Aliocha, indignado—. ¿Qué más quieres?
—Nada, querido. Sólo decirte que ni los colegiales creen lo que crees tú. Estás furioso; te rebelas contra Dios... El caballero no ha recibido ningún ascenso, ninguna condecoración. ¡Qué ignominia!
Aliocha lo observó largamente con los ojos entornados. Por ellos pasó un relámpago. Pero no de cólera contra Rakitine.
—Yo no me rebelo contra Dios —dijo con un esbozo de sonrisa—. Es que no acepto su universo.
—¿Que no aceptas su universo? —preguntó Rakitine tras un instante de reflexión—. ¿Qué galimatÃas es ése?
Aliocha no contestó.
—Bueno, dejemos estas naderÃas y vamos a lo positivo. ¿Has comido hoy?
—No me acuerdo. Creo que sÃ.