Los hermanos Karamazov

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—Tienes que recobrarte. Estás agotado. Da pena verte. Por lo visto, no has dormido en toda la noche. Además, esa agitación, esa tensión... Estoy seguro de que llevas muchas horas sin probar un solo bocado. Tengo en el bolsillo un salchichón que me he comprado en la ciudad, por lo que pudiera ocurrir. Pero me parece que tú no querrás.

—Sí que quiero.

—¡Caramba! ¡Esto es la guerra abierta, las barricadas! Bien, hermano; no hay tiempo que perder... De buena gana me beberé un vaso de vodka para tomar fuerzas. Tú no quieres vodka, ¿verdad?

—Sí, dame también.

—¡Esto es extraordinario! —exclamó Rakitine, dirigiéndole una mirada de estupor—. En verdad, pase lo que pase, ni el salchichón ni el vodka son dos cosas despreciables.

Aliocha se levantó sin pronunciar palabra y echó a andar en pos de Rakitine.

—Si tu hermano Iván te viera, se quedaría boqúiabierto. A propósito, ¿sabes que ha salido esta mañana para Moscú?

—Sí, lo sé —dijo Aliocha en tono indiferente.


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