Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Sà ya sé que está usted como en ascuas. No puede ser de otro modo. Todo lo que usted pueda decirme ya lo sé. Hace tiempo que pienso en su destino, Dmitri Fiodorovitch, que lo observo, que lo estudio. Soy una experimentada doctora en medicina, créame.
—No lo dudo, señora —dijo Mitia, esforzándose en ser amable—. En cambio, yo soy un enfermo experimentado, y creo que si es cierto que usted observa mi destino con tanto interés, no consentirá que sucumba... En fin permÃtame que le exponga mi plan..., lo que espero de usted... He venido, señora...
—Esas explicaciones son innecesarias, carecen de importancia. No será usted el primero que ha recibido mi ayuda, Dmitri Fiodorovitch. ¿Ha oÃdo usted hablar de mi prima Belmessov? Su esposo estaba en la ruina. Pues bien; le aconsejé que se dedicara a la crÃa de caballos y ahora tiene un próspero negocio. ¿Conoce usted la crÃa de caballos, Dmitri Fiodorovitch?
—No, señora; en absoluto —exclamó Dmitri levantándose, sin poder reprimir su impaciencia—. Le suplico que me escuche, señora. PermÃtame hablar sólo dos minutos para explicarle mi proyecto.
Y viendo que la impulsiva dama se disponÃa a intervenir de nuevo, Mitia añadió, levantando la voz cuanto pudo, a fin de ahogar la de su interlocutora: