Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —¡Estoy desesperado! He venido a pedirle prestados tres mil rublos. Con garantÃa, con una garantÃa segura...
—Ya hablaremos de eso después —dijo la señora de Khokhlakov levantando la mano—. Sé todo lo que va a decirme. Usted me pide tres mil rublos. Yo le daré mucho más, yo lo salvaré, Dmitri Fiodorovitch. Pero tendrá que obedecerme.
Mitia se estremeció.
—¿De veras hará eso por mi? —exclamó, temblando de emoción—. ¡Dios mÃo!
Ha salvado usted a un hombre de la muerte, del suicidio... Le estaré agradecido eternamente.
—Le daré mucho más de tres mil rublos —repitió la señora de Khokhlakov, sonriendo ante el entusiasmo de Mitia.
—No me hace falta más. Me basta con la fatÃdica suma de tres mil rublos. Se lo agradezco en el alma y le ofrezco una sólida garantÃa. Mi plan es...
—¡Basta, Dmitri Fiodorovitch! —le interrumpió la dama con modestia triunfante de bienhechora—. Le he prometido salvarle, y lo salvaré como salvé a Belmessov. ¿Qué opina usted de las minas de oro?
—¿De las minas de oro? Jamás he pensado en eso.