Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov me los va a dar ahora mismo, sin ningún docuinento, sin ninguna formalidad...
¡Qué grandeza de alma!... Es una mujer excelente. Su único defecto es que habla demasiado...»
—¡Ya lo tengo! —exclamó la dama triunfante, mientras volvÃa al lado de Mitia—. ¡Ya tengo lo que buscaba!
Era una medallita de plata, con un cordón, de esas que suelen llevarse debajo de la ropa.
—Me la han mandado de Kiev —dijo en un tono de veneración la señora de Khokhlakov—. Ha tocado las reliquias de Santa Bárbara, la megalomártir.
Permitame que cuelgue yo misma esta medalla en su cuello y que lo bendiga en el momento de emprender una vida nueva.
Después de pasarle el cordón por la cabeza, la dama se consideró en el deber de colocar la medalla en el punto debido. Mitia, un tanto molesto, decidió ayudarla.
Al fin, la medalla quedó en su sitio.
—Ahora ya se puede marchar —dijo la dama con acento triunfal, y mientras volvÃa a sentarse.
—Señora, estoy emocionado... No sé cómo agradecerle tanta atención. Pero...
¡tengo tanta prisa...! Esa suma que usted me ha ofrecido...
En este momento Mitia tuvo una inspiración.