Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —«¡Gloria al AltÃsimo en el mundo! ¡Gloria al AltÃsimo en mÃ!»... Estos versos, mejor dicho, estas lágrimas, se escaparon de mi alma un dÃa. SÃ, los compuse yo, pero no cuando arrastraba al capitán tirando de su barba.
—¿A qué viene nombrar ahora al capitán?
—No lo sé. ¡Pero qué importa! Cuando todo termina, todo va a parar al mismo total.
—Tus pistolas me tienen preocupado.
—¡Bah! Bebe y no pienses en nada. Amo la vida, y la he amado mucho, hasta el hastÃo. Bebamos por la vida, querido... ¿Cómo puedo estar contento? Soy vil, mi vileza me atormenta, y, sin embargo, estoy contento. Bendigo la creación, estoy dispuesto a bendecir a Dios y a sus obras, pero... he de destruir en mi un mal insecto que ataca a las vidas ajenas. ¡Bebamos por la vida, hermano! ¿Hay algo más hermoso? Bebamos también por la reina de las reinas.
—Bien. Bebamos por la vida y por tu reina.
Vaciaron un vaso. Mitia, pese a su exaltación, estaba triste. ParecÃa presa de una abrumadora preocupación.
—¡Micha! ¡Mira, es Micha! ¡Eh, ven aquÃ! Toma, querido. Bébete este vaso por Febo, el de los cabellos de oro, que aparecerá en el cielo mañana.
—¡No tienes por qué invitarlo! —exclamó Piotr Ilitch, irritado.