Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Se ahogaba. Su deseo era decir muchas cosas, pero sólo profería extrañas exclamaciones. El pan, impasible, miraba alternativamente a Mitia con su fajo de billetes y a Gruchegnka. Estaba perplejo. Empezó a decir:
—Jezeli powolit moja Krôlowa....
Pero Gruchegnka lo atajó:
—Me crispa los nervios oír esa jerga... Siéntate, Mitia. ¿Qué cuentas? Te suplico que no me asustes. ¿Me lo prometes? ¿Si? Entonces me alegro de verte.
—¿Yo asustarte? —exclamó Mitia levantando los brazos—. Tienes el paso libre. No quiero ser un obstáculo para ti.
De pronto, inesperadamente, se dejó caer en una silla y se echó a llorar, de cara a la pared y asido al respaldo.
—¿Otra vez la misma canción? —dijo Gruchegnka en son de reproche—. Así se presentaba en mi casa, y me dirigía discursos en los que yo no entendía nada.
Ahora vuelve a las andadas... ¡Qué vergüenza! Si hubiera motivo...
Dijo estas últimas palabras subrayándolas y en un tono enigmático.
—¡Pero si no lloro! —exclamó Mitia—. ¡Buenas noches, señores! —añadió volviendo la cabeza. Y se echó a reír; pero no con su risa habitual, sino con una amplia risa nerviosa y que lo sacudía de pies a cabeza.