Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Si. Pero los saltitos obedecían a otras razones muy diferentes. Tan pronto como nos hubimos casado, aquella misma tarde, me lo confesó todo y me pidió perdón. Al saltar un charco siendo niña, se cayó y se quedó coja. ¡Ji, ji!
Kalganov se echó a reír como un niño, dejándose caer en el canapé.
Gruchegnka se reía también de buena gana. Mitia estaba alborozado.
—Ahora no miente —dijo Kalganov a Mitia—. Se ha casado dos veces y lo que ha contado se refiere a la primera mujer. La segunda huyó y todavía vive. ¿Lo sabía usted?
—¿Es verdad eso? —dijo Mitia, volviéndose hacia Maximov con un gesto de sorpresa.
—Sí, tuve ese disgusto. Se escapó con un moussié. Antes había conseguido que pusiera mis bienes a su nombre. Me dijo que yo era un hombre instruido y que me sería fácil hallar el modo de ganarme la vida. Y entonces me plantó. Un respetable eclesiástico me dijo un día, hablando de esto: «Tu primera mujer cojeaba; la segunda tenía los pies demasiado ligeros.» ¡Ji, ji!
—Sepan ustedes —dijo Kalganov con vehemencia— que si miente lo hace únicamente para divertir a los que le escuchan. No hay en ello ningún bajo interés.
A veces incluso lo aprecio. Es un botarate, pero también un hombre franco.