Los hermanos Karamazov

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Esperó en el vestíbulo. La señora de Khokhlakov estaba ya en su dormitorio. La visita de Mitia la había trastornado, y presentía una noche de jaqueca, como solía ocurrirle en casos semejantes. Se opuso, irritada, a recibir al joven funcionario, aunque la llegada de aquel desconocido despertaba su curiosidad femenina. Pero Piotr Ilitch se obstinó como un mulo. Al recibir la negativa, insistió imperiosamente, solicitando que se dijera a la señora, palabra por palabra, «que el asunto podía calificarse de grave y que era muy posible que la señora se arrepintiera de no haberle recibido». La doncella lo miró, asombrada, y fue a dar el recado. La señora de Khokhlakov se quedó estupefacta, reflexionó un momento y preguntó qué aspecto tenía el visitante. Así se enteró de que «era un hombre de buena presencia, joven y muy fino». Digamos de paso que Piotr Ilitch no carecía de belleza varonil y que él lo sabía. La señora de Khokhlakov se decidió a dejarse ver. Iba en bata y zapatillas y se había echado un pañuelo negro sobre los hombros. Se rogó al funcionario que pasara al salón. Apareció la señora. Miró al visitante con expresión interrogadora y, sin hacerlo sentar, le invitó a que dijera lo que tenía que decir.

—Me he permitido molestarla, señora —empezó Perkhotine—, para hablarle de una persona a la que los dos conocemos. Me refiero a Dmitri Fiodorovitch Karamazov...


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