Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Apenas hubo pronunciado este nombre, el semblante de su interlocutora reflejó una viva indignación. La dama ahogó un grito y lo interrumpió, iracunda:
—¡No me hable de ese horrible sujeto! Sólo oír su nombre es un tormento para mí. ¿Cómo se ha atrevido usted a molestar a estas horas a una dama a la que no conoce para hablarle de un individuo que hace tres horas y aquí mismo ha intentado asesinarme, ha pateado el suelo furiosamente y se ha marchado dando voces? Le advierto, señor, que presentaré una denuncia contra usted. ¡Salga de aquí inmediatamente! Soy madre y...
—¿De modo que quería matarla a usted también?
—¿Acaso ha matado ya a alguien? —preguntó en el acto la dama.
—Concédame unos minutos de atención, señora, y se lo explicaré todo —
repuso en tono firme Perkhotine—. Hoy, a las cinco de la tarde, el señor Karamazov me ha pedido prestados diez rublos, y sé positivamente que en aquel momento no tenía un solo copec. Y a las nueve ha vuelto a mi casa con un fajo de billetes en la mano. Debía de llevar dos mil o tres mil rublos. Tenía el aspecto de un loco. Sus manos y su cara estaban manchadas de sangre. Le pregunté de dónde había sacado tanto dinero, y me contestó que se lo había dado usted, que usted le había adelantado la suma de tres mil rublos para que se fuera a las minas de oro.