Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Éstas fueron sus palabras.
El semblante de la señora de Khokhlakov expresó una emoción súbita.
—¡Dios mÃo! —exclamó enlazando las manos—. ¡No cabe duda de que ha matado a su padre! ¡Yo no le he dado ningún dinero! ¡Corra, corra! ¡No diga nada más! ¡Vaya a casa del viejo! ¡Salve su alma!
—Escuche, señora: ¿está usted segura de no haber entregado a Dmitri Fiodorovitch ningún dinero?
—¡Ninguno, ninguno! No se lo he querido dar al ver que él no apreciaba mis sentimientos. Se ha marchado hecho una furia. Se ha arrojado sobre mÃ; he tenido que retroceder. ¿Sabe usted lo que ha hecho? Se lo digo porque no quiero ocultarle nada. ¡Me ha escupido!... Pero no esté de pie. Siéntese... Perdóneme que... ¿O
prefiere usted ir a intentar salvar al viejo de una muerte espantosa?
—Pero si ya lo han matado...
—Cierto, Dios mÃo. ¿Qué podemos hacer? ¿Qué le parece a usted que hagamos?
Lo habÃa obligado a sentarse y se habÃa instalado frente a él. Piotr Ilitch le refirió brevemente los hechos de que habÃa sido testigo; le habló de su reciente visita a Fenia y mencionó la mano de mortero. Estos detalles trastornaron a la dama, que profirió un grito y se cubrió los ojos con la mano.