Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Lo conozco. Es una excelente persona. Vaya en seguida a verlo. ¡Qué inteligencia tiene usted, Piotr Ilitch! A mà no se me hubiera ocurrido nunca esa solución.
—Estoy en buenas relaciones con él, y esto es una ventaja —dijo Piotr Ilitch, visiblemente deseoso de librarse de aquella dama que hablaba por los codos y no le dejaba marcharse.
—Oiga, venga a contarme todo lo que averigüe: las pruebas que se obtengan, lo que puedan hacer al culpable... ¿Verdad que la pena de muerte no existe en nuestro paÃs? No deje de venir aunque sea a las tres o las cuatro de la mañana...
Diga que me despierten, que me zarandeen si es preciso... Pero no creo que haga falta, porque estaré levantada. ¿Y si fuera con usted?
—No, eso no. Pero si declarase por escrito que no ha entregado ningún dinero a Dmitri Fiodorovitch, esta declaración podrÃa ser útil...
—¡Ahora mismo! —dijo la señora de Khokhlakov corriendo hacia su mesa de escribir—. Tiene usted un ingenio que me confunde. ¿Desempeña usted su cargo en nuestra ciudad? Me alegro de veras.
Sin dejar de hablar y a toda prisa habÃa trazado unas lÃneas en gruesos caracteres.