Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Lo recuerdo todo, hasta el menor detalle. En el camino se nos cruzó un hombre con barba, se paró y se llevó la mano al bolsillo. Inmediatamente se destacó un preso de nuestro grupo, se quitó el gorro, cogió la limosna —cinco kopeks— y volvió deprisa a su sitio. El hombre se santiguó y siguió su camino. Los cinco kopeks los gastamos en rosquillas, que nos comimos aquella misma mañana, distribuyéndolas por partes iguales entre todos los de nuestro grupo.
En nuestro grupo, unos solÃan ser hoscos y taciturnos; otros, indiferentes y abúlicos; unos terceros charlaban perezosamente entre sÃ. HabÃa uno terriblemente alegre y jovial que iba cantando todo el camino y casi bailaba, haciendo sonar los grilletes a cada brinco. Era aquel preso bajo y regordete que la primera mañana de mi estancia en el presidio discutió con otro por el agua a la hora de lavarse, porque aquél insensatamente osó afirmar de sà mismo que era un pájaro «señor». Aquel alegre mozo se llamaba Skurátov. Finalmente, entonó una briosa canción, de la que recuerdo el estribillo:
Me casaron y yo no estaba,
que estaba en el molino.
Sólo faltaba la balalaika.
Su extraordinario buen humor suscitó, naturalmente, el enojo de algunos, que incluso lo consideraron poco menos que una ofensa.