Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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—¡Ya aúlla! —le reprochó un preso que, por cierto, no tenía nada que ver en el asunto.

—¡El lobo sabía una canción y se la robó el de Tula! —observó otro de mal humor, con acento de pequeño ruso.

—Pues sí, yo soy de Tula, pero vosotros, en vuestra Poltava os ahogáis comiendo galushki[34].

—¡Miente! Y tú, ¿qué comías? Tomabas la sopa con lapti.

—¡Pues ahora el diablo le ceba con balas de cañón! —añadió un tercero.

—La verdad, hermanos, es que soy una persona delicada —respondió Skurátov con un leve suspiro, como si le pesase su delicadeza y dirigiéndose a todos en general y a ninguno en particular—; desde mi más tierna infancia me quitaron ciruelas y pan de leche panfrés —quería decir «dieron» y «francés», Skurátov jugaba con las palabras—; mis padres tienen aún un puesto en Moscú y venden el viento que corre: son unos comerciantes muy ricos.

—Y tú, ¿qué vendías?

—Pues diversas cosas, y bien que me iba. Fue entonces, hermanos, cuando me gané mis primeros doscientos…

—¿Rublos? —inquirió un curioso, que llegó a estremecerse al oír una suma tan grande.


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