Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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—No, querido, rublos no, sino palos. ¡Luká eh, Luká!

—Luká para algunos, para ti Luká Kuzmich[35] –respondió de mala gana un preso pequeño y delgado, de nariz afilada.

—¡Bueno, Luká Kuzmich! ¡Vete al diablo! ¡Como quieras!

—Para algunos soy Luká Kuzmich, para ti, tío.

—¡Bueno, iros al diablo tú y tu tío! ¡Que no me dejas hablar! Quería deciros algo muy bueno. Bueno, hermanos, pues sucedió que no viví mucho tiempo en Moscú; al final me dieron quince latigazos de propina y me echaron. Entonces, yo…

—Y ¿por qué te echaron? —interrumpió uno, que seguía atentamente el relato.

—No vayas a la nevera, no bebas a morro, no gastes saliva en balde[36]; de modo, hermanos, que no conseguí hacerme rico de verdad en Moscú. Y tenía tantas ganas, tantas ganas de ser rico. Tenía tantas ganas que no sé cómo decirlo.

Muchos se rieron. Skurátov era, por lo visto, una persona de buen humor o, mejor dicho, uno de esos graciosos de buen grado, que parecen imponerse la obligación de distraer a sus hoscos compañeros y, naturalmente, sin obtener nada a cambio, sólo insultos. Pertenecía a un tipo especial y admirable de gente, del que quizá tenga aún ocasión de hablar.


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