Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —Pero si podrÃamos matarte a palos a ti en vez de a una marta cibelina —observó Luká Kuzmich—. Sólo por tu piel nos darÃan cien rublos.
Skurátov llevaba la pelliza más vieja y desgastada, llena de remiendos por todas partes. Con aire indiferente, pero fijamente, miró de arriba abajo al otro.
—¡La cabeza vale cara, la cabeza, hermanos! —replicó Skurátov—. Cuando me despedà de Moscú, me quedó el consuelo de llevarla en su sitio. ¡Adiós, Moscú, gracias por las casas de baños, por el aire libre, y por tus famosos vergajazos[37]! En cuanto a mi pelliza, querido, nadie te obliga a mirarla.
—¿Es que tengo que mirar tu cabeza?
—SÃ, esa cabeza no es suya, es prestada —intervino de nuevo Luká—. Se la dieron como limosna, por el amor de Cristo, en Tiumen, cuando pasó encadenado.
—Eh, Skurátov, ¿es que tenÃas un oficio?
—¡Menudo oficio! Era lazarillo, guiaba a los pobres ciegos y se llevaba sus dineros —observó uno de los malhumorados—. Ese era todo su oficio.
—Pues sÃ, probé a coser botas —respondió Skurátov, sin atender a la mordaz observación—, pero sólo llegué a coser un par.
—Y qué, ¿te las compraron?
—SÃ, se las llevó uno que no tenÃa temor de Dios ni honraba a su padre ni a su madre; Dios le castigó: me las compró.