Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Era posible distinguir a primera vista pronunciados rasgos comunes en aquella extraña familia; hasta los individuos más duros y originales, que destacaban involuntariamente sobre los demás, intentaban amoldarse a la tónica general de la prisión. Toda aquella gente, a excepción de algunos pocos de una alegría inagotable, que les valía el desprecio de todos, era sombría, envidiosa, terriblemente vanidosa, jactanciosa, susceptible y extremadamente formal. La capacidad de no asombrarse de nada era la mayor virtud. Estaban obsesionados con guardar las apariencias. Pero, con frecuencia, de la actitud más provocadora se pasaba, con la rapidez del rayo, a la más pusilánime. Había gente verdaderamente fuerte: era simple y nada pretenciosa. Pero, cosa extraña, entre esa gente verdaderamente fuerte, algunos eran de una vanidad extrema, casi enfermiza. En general, la vanidad y la apariencia estaban siempre en primer plano. La mayoría estaba corrompida y era terriblemente vil. Las intrigas y los chismorreos eran continuos: aquello era el infierno, las tinieblas profundas. Pero nadie se atrevía a rebelarse contra el reglamento interno y las costumbres establecidas en el presidio; todos se sometían. Había quienes destacaban por su carácter, personas que a duras penas y con dificultad se sometían, pero que, no obstante, se sometían. Llegaban al presidio aquellos que, en libertad, habían perdido toda medida y rebasado todos los límites, hasta tal punto que daban la impresión de haber acabado cometiendo sus crímenes, no por voluntad propia, sino sin saber por qué, en una especie de delirio o de embriaguez; a menudo por una vanidad elevada a un grado sumo. Pero en nuestra casa enseguida les ponían en su sitio, sin tener en cuenta que algunos de ellos, antes de ingresar en el penal, habían aterrorizado a poblaciones y ciudades enteras. Al mirar a su alrededor el novato caía enseguida en la cuenta de que se había equivocado de lugar, de que allí no conseguiría asombrar a nadie y, sin llamar la atención, se resignaba a su suerte y se adaptaba a la tónica general. Vista desde fuera, ésta consistía en una particular dignidad personal de la que estaban imbuidos casi todos los habitantes del penal. Precisamente, en ese sentido, el nombre de presidiario, de recluso, constituía una especie de rango, incluso de honor. ¡Ninguna señal de vergüenza, ni de arrepentimiento! Por lo demás, había una especie de resignación externa, por decirlo así, oficial, una especie de razonamiento tranquilo: «Somos gente acabada —decían—, no supiste vivir en libertad, pues pisa ahora la calle verde[6], pasa revista». «No escuchaste a tu padre y a tu madre, pues escucha ahora el redoble de tambor». «No quisiste bordar con oro, pues golpea ahora la piedra con el mazo». Todo esto se decía a menudo, a modo de moraleja y de dichos y sentencias habituales, pero nunca en serio. Sólo eran palabras. Que probara alguno de los no forzados a recriminar a un preso su delito, a injuriarle (aunque no es propio del alma rusa acusar al delincuente): los insultos no habrían tenido fin… ¡Qué maestros del insulto eran todos! Insultaban refinadamente, con arte. Habían elevado el insulto al rango de ciencia; se esforzaban por escoger no la palabra, el sentido, sino el espíritu, la idea ofensiva; lo cual es más refinado, más venenoso. Las continuas disputas entre ellos hacían progresar aún más esta ciencia. Toda esa gente trabajaba de mal grado, después no hacía nada y, por consiguiente, se pervertía: si antes no estaba pervertida, se pervertía en el penal. Estaban juntos allí contra su voluntad; todos eran extraños para los demás.


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