Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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«El diablo gastó tres pares de lapti[7] para ponernos juntos aquí en un montón», decían de sí mismos. Los chismes, las intrigas, el comadreo, la envidia, las discusiones y la malicia siempre estaban en el primer plano de aquella vida infernal. Ninguna comadre podría ser tan intrigante como algunos de aquellos homicidas. Repito que había entre ellos hombres de carácter fuerte, acostumbrados durante toda su vida a destruir y mandar, gente dura, intrépida. Eran respetados aun contra su voluntad; ellos, por su parte, aunque a menudo se mostraban muy celosos de su fama, procuraban no convertirse en una carga para los demás, no participaban en disputas inútiles, se comportaban con extraordinaria dignidad, eran sensatos y casi siempre obedecían a las autoridades, no por obligación, ni por conciencia del deber, sino como en virtud de un contrato, del que reconocían las ventajas mutuas. Por lo demás, se les trataba con cuidado. Recuerdo cómo uno de esos presos, un hombre intrépido y decidido, famoso entre las autoridades por su ferocidad, fue llamado en una ocasión para recibir un castigo corporal por algún crimen. Era un día de verano, en las horas libres. El oficial superior, que era el jefe directo e inmediato del presidio, acudió en persona al cuerpo de guardia que había junto a nuestro portalón, para presenciar la ejecución del castigo. Aquel mayor era un ser fatídico para los presos; hasta tal punto que temblaban ante él. Era de una severidad cercana a la locura, «atropellaba a la gente», como decían los presidiarios. Lo que más temían era su mirada penetrante, de lince, a la que no se podía ocultar nada. Parecía que veía sin mirar. Al entrar en el penal ya sabía lo que pasaba en la otra punta. Los reclusos le llamaban «Ocho-ojos». Su sistema era erróneo. Con sus actos vejatorios y malignos enfurecía aún más a hombres furiosos; de no haber tenido por encima al comandante, hombre noble y sensato, que a veces moderaba sus feroces salidas de tono, habría ocasionado grandes desgracias con su dirección. No recuerdo cómo pudo acabar bien; se retiró vivo y sano, aunque, por lo demás, fue sometido a juicio.


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