Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta El recluso palideció cuando le llamaron. Normalmente, se tendía en el potro de castigo, en silencio y con decisión, para recibir los varazos, y en silencio soportaba el castigo y se levantaba con presteza tras su ejecución, considerando filosóficamente, con sangre fría, la desgracia ocurrida. Además, se le trataba con cuidado. Pero esta vez consideró por algún motivo que tenía razón. Palideció y, a hurtadillas de la escolta, logró esconder en la manga un afilado punzón inglés de zapatero. Los punzones y todos los instrumentos afilados estaban severamente prohibidos en el penal. Los registros eran frecuentes, inesperados y concienzudos, y los castigos, crueles. Pero, como es difícil descubrir a un ladrón cuando se decide a ocultar algo en particular, y como los punzones y los instrumentos cortantes siempre eran necesarios en el penal, resultaba que, a pesar de los registros, siempre había y, si los descubrían, enseguida aparecían otros. Todos los presidiarios acudieron a la empalizada y, con el corazón en vilo, se pusieron a mirar por las rendijas de las estacas. Todos sabían que en aquella ocasión Petrov no iba a tenderse para recibir los varazos y que al mayor le había llegado su hora. Pero, en el instante decisivo, nuestro mayor se montó en el drozhki[8] y se marchó, encomendando la ejecución del castigo a otro oficial. «Dios le ha salvado», decían más tarde los presos. En cuanto a Petrov, soportó pacientemente el castigo. Su cólera se disipó con la marcha del mayor. Un preso es obediente y sumiso hasta cierto punto; pero hay un límite que no se debe rebasar. A propósito: nada puede ser más curioso que esos extraños estallidos de impaciencia y rebeldía. A menudo un hombre lo soporta todo durante varios años, se somete, sufre los castigos más crueles y de pronto estalla por cualquier menudencia, por cualquier bagatela, casi sin motivo. Desde cierto punto de vista, incluso se le puede llamar loco; y eso hacen.