Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Ya he dicho que durante aquellos años no vi entre aquella gente ni el menor indicio de arrepentimiento, ni la menor pesadumbre por su crimen, y que la mayoría se consideraban en su fuero interno completamente justos. Es un hecho. Por supuesto que la vanidad, los malos ejemplos, la osadía y la falsa vergüenza son en gran parte la causa de ello. Por otro lado, ¿quién puede decir que ha penetrado en las profundidades de esos corazones degenerados y que ha leído en ellos lo que está oculto a todo el mundo? Sin embargo, cabía la posibilidad, a lo largo de tantos años, de percibir, atrapar, captar, en aquellos corazones, al menos algún rasgo que diera testimonio de la angustia interior, del sufrimiento. Pero no fue así, decididamente no fue así. Sí, el crimen, al parecer, no puede ser comprendido a partir de puntos de vista predeterminados y establecidos de antemano, y su filosofía es un poco más difícil de lo que se supone. Desde luego, los penales y el sistema de trabajos forzados no corrigen al criminal; sólo le castigan, preservando a la sociedad de nuevos atentados de un delincuente contra su tranquilidad. En el criminal, el presidio y los trabajos forzados más duros sólo fomentan el odio, el ansia de placeres prohibidos y una terrible imprudencia. Estoy firmemente convencido de que el famoso sistema celular consigue sólo resultados falsos, engañosos y superficiales. Exprime el jugo vital del hombre, le contrae el alma, la debilita e intimida, y después presenta una momia moralmente seca, un medio loco, como modelo de corrección y de arrepentimiento. Evidentemente, el criminal que se ha rebelado contra la sociedad la odia a muerte y casi siempre se considera a sí mismo inocente, y a ella, culpable. Además, él ya ha sufrido el castigo que aquélla le impuso y, por eso, cree que está limpio, que ha saldado su cuenta. Se puede pensar, por último, desde ese punto de vista, que casi haría falta absolver al criminal. Pero, pese a todos los puntos de vista posibles, es sabido que hay delitos que siempre y en todas partes, según todas las leyes posibles, se consideran desde el principio del mundo crímenes indiscutibles y así serán considerados mientras el hombre sea hombre. Sólo en presidio escuché historias de los actos más horribles y antinaturales, de los asesinatos más monstruosos, contadas con la sonrisa más irresistible y más infantilmente alegre. Recuerdo en particular a un parricida. Era noble, estaba al servicio del Estado y para su padre sexagenario era como el hijo pródigo. Su conducta era absolutamente licenciosa, estaba lleno de deudas. Su padre le refrenaba, le reconvenía. El padre tenía una casa, una alquería, se le suponía adinerado, y el hijo lo mató, ávido de la herencia. Al cabo de un mes se descubrió el crimen. El asesino fue a denunciar a la policía que su padre había desaparecido. Pasó todo ese mes de la manera más depravada. Al final, en su ausencia, la policía encontró el cadáver. Atravesaba el patio el canalillo del desagüe, que estaba cubierto por unas tablas. El cadáver yacía en él. Estaba vestido y arreglado. La cabeza canosa, cortada, había sido unida al tronco, y debajo de ella el asesino había puesto una almohada. No confesó su crimen. Fue desposeído de su título de nobleza y de su rango y condenado a veinte años de trabajos forzados. Todo el tiempo que conviví con él mostró una disposición de ánimo excelente, jovialísima. Era un individuo atolondrado, ligero de cascos y sumamente insensato, aunque nada tonto. Nunca vi en él una crueldad particular. Los reclusos no le despreciaban por su crimen, que ni siquiera mencionaban, sino por ser imbécil y por no saber comportarse. A veces, conversando, se acordaba de su padre. En cierta ocasión, hablándome de la recia constitución heredada de su familia, añadió: «Pues mi padre nunca se quejó de ninguna enfermedad hasta el fin de sus días». Una insensibilidad tan bestial resulta, naturalmente, imposible. Es un fenómeno; hay en ella algún defecto congénito, alguna monstruosidad física y moral, aún no conocida por la ciencia, y no un simple crimen. Como es natural, yo no creía en ese crimen. Pero la gente de su pueblo, que debía conocer todos los detalles de su historia, me contó el caso. Los hechos eran tan evidentes que era imposible no creerlos.