Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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»Llego a mi casa, me echo en la cama y pienso: ahora vendrán a por mí. Pasa una hora, pasa otra y no vienen. Pero al caer la tarde, sentí una tristeza enorme. Salí a la calle. Deseaba ver a toda costa a Luisa. Pasé por delante de la relojería. Miro: hay gente, está la policía. Voy a ver a la comadre y le digo: “Avisa a Luisa”. Espero un poco y veo a Luisa que llega corriendo, se me echa al cuello y rompe a llorar: “Soy yo la culpable de todo —me dice—, por haberle hecho caso a mi tía”. Me dijo también que su tía, inmediatamente después de lo sucedido, se fue a su casa, y que se había llevado tal susto que se había puesto enferma y que… callaría: “No ha dicho nada a nadie y a mí me ha prohibido hablar; tiene miedo; ¡que hagan lo que quieran! A nosotras —dice Luisa— nadie nos ha visto. Él había dado permiso a la criada, porque la temía. Le habría arrancado los ojos de cuajo de saber que él quería casarse. Tampoco había nadie del taller; a todos los había alejado. Él mismo hizo el café y preparó los entremeses. Y el pariente, como en toda su vida no ha abierto el pico, no dijo nada y después de lo sucedido, cogió su gorro y se largó el primero. Seguro que tampoco dirá nada”. Esto me dijo Luisa. Y así fue. Durante dos semanas no vino nadie a por mí, y nadie sospechó nada de mí. En esas dos semanas, lo crea usted o no, Alexánder Petróvich, conocí la felicidad. Veía todos los días a Luisa. ¡Qué cariño me había tomado! Lloraba: “Iré detrás de ti, dondequiera que te manden. ¡Lo dejaré todo por ti!”. Yo pensé morirme allí mismo: tanto me conmovieron sus palabras. Pero, al cabo de dos semanas, me detuvieron. El viejo y la tía se habían puesto de acuerdo y me denunciaron…


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