Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Entretanto, ya había empezado a oscurecer. La tristeza, la nostalgia y la sensación de malestar iban aflorando penosamente a través de la embriaguez y la diversión. Quien una hora antes reía alegremente ahora sollozaba en un rincón, después de haber bebido demasiado. Algunos habían tenido tiempo de pelearse un par de veces ya. Otros, pálidos, casi sin poder tenerse en pie, se arrastraban por los barracones, armando jaleo. En cuanto a los que no se ponían agresivos con la borrachera, buscaban en vano amigos con quienes pudieran abrir su alma y desahogarse de su triste embriaguez a base de llanto. Toda esta pobre gente quería divertirse, pasar alegremente la gran fiesta, pero ¡Dios mío, qué duro y qué triste fue ese día para casi todos! Cada cual, a medida que lo iba despidiendo, sentía que sus esperanzas quedaban defraudadas. Petrov pasó a buscarme dos o tres veces más. Había bebido muy poco en todo el día y estaba casi completamente despejado. Pero hasta el último momento estuvo esperando algo extraordinario, festivo, alegre, que debía ocurrir sin falta. A pesar de que no hablara de ello, era algo que podía leerse en sus ojos. Iba y venía incansablemente de un barracón a otro. Pero no ocurrió nada especial, y lo único que hubo fueron borracheras, exabruptos disparatados de borrachos y cabezas alteradas por la bebida. Sirotkin deambulaba igualmente por los barracones con su flamante camisa roja, elegante y aseado, como si también él, sereno e inocente, esperara que ocurriera algo. Poco a poco el ambiente de los barracones se fue haciendo insoportable y repulsivo. Sin duda, también había mucho de que reírse, pero a mí me producía una cierta tristeza y sentía lástima por todos ellos, y en su compañía me encontraba agobiado, a disgusto. Aquí tenemos a dos presos que discuten quién tiene que invitar a quién. Se ve que llevan un buen rato haciéndolo, y que anteriormente ya deben de haber reñido. Uno de los dos, en concreto, tiene al otro atravesado desde hace tiempo. Se le está quejando, y trata de hacerle ver, con lengua estropajosa, que se ha portado mal con él: el año anterior, por carnavales, vendieron una pelliza, y en algún momento alguien ocultó un dinero. Y eso no es todo… El acusador es un mozo alto y fornido, nada tonto y pacífico, pero cuando se emborracha le da por hacer amistades y desahogar sus penas. Recurre a los insultos y a las protestas, pero es como si lo hiciera con la intención de reconciliarse luego más sinceramente con su rival. El otro, recio, regordete, más bien bajo, con la cara redonda, es un tipo astuto y retorcido. Posiblemente ha bebido más que su compañero, pero apenas está ebrio. Es una persona de carácter y tiene fama de rico, pero ahora, por alguna razón, no le interesa irritar a su expansivo amigo, y le acompaña a visitar al tabernero; el amigo sostiene que el otro tiene el deber y el compromiso de invitarle, «si es que eres un hombre honrado».