Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —Ya bebo. ¿A qué vienen esos gritos? Felices fiestas, Stepán Doroféich. —Cortésmente, haciendo una ligera reverencia, se volvió con el vaso en la mano hacia Stiopka, a quien medio minuto antes habÃa llamado canalla—. ¡Salud y que vivas cien años, sin contar los que ya has vivido! —Bebió, carraspeó y se secó los labios—. Antes, amigos, yo aguantaba mucho bebiendo —hizo notar muy serio, dándose importancia, como si se dirigiera a todos en general y no a nadie en particular—, pero ahora, qué duda cabe, los años ya se dejan sentir. Muy agradecido, Stepán Doroféich.
—No hay de qué.
—Pues bien, volviendo a lo de antes, Stiopka, aparte de que te has portado conmigo como un auténtico canalla, te diré que…
—Yo también tengo que decirte algo, borracho indecente —le interrumpe Stiopka, a quien ya se le ha agotado la paciencia—. Escucha atentamente todas y cada una de mis palabras: aquà tienes el mundo; vamos a dividirlo en dos mitades, una para ti, la otra para mÃ. Vete, y no vuelvas a cruzarte en mi camino. ¡Me tienes harto!
—¿Asà que no me piensas devolver el dinero?
—Pero ¿qué dinero te tengo yo que devolver, so borracho?