Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —Mira, en el otro mundo serás tú el que vengas a devolvérmelo, y entonces yo no lo pienso aceptar. Ese dinerillo lo he conseguido con mucho esfuerzo, a base de sudor y de callos. Bien que te pesarán mis cinco kopeks en el otro mundo.
—Vete al diablo, hala.
—Más respeto, que no voy tirando de un carro.
—¡Largo de aquÃ!
—¡Canalla!
—¡Presidiario!
Y vuelta a los insultos, ahora con más fuerza aún que antes de la invitación.
He aquà a dos amigos sentados en los camastros, apartados del resto. Uno de ellos es alto, fornido, gordo, un auténtico carnicero; tiene la cara colorada. Poco le falta para llorar, está muy emocionado. El otro, enclenque, flacucho, fino, con una larga nariz que parece gotearle, dirige sus ojillos de cerdo hacia el suelo. Es una persona diplomática e instruida; en tiempos fue escribiente y trata a su amigo con cierta altanerÃa, algo que a éste no le hace ninguna gracia, aunque lo disimule. Se han pasado el dÃa bebiendo juntos.