Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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—¡Qué atrevimiento el suyo! —grita el amigo gordo, sacudiendo enérgicamente la cabeza del escribiente con su mano izquierda, con la que le tiene agarrado. Al decir que alguien ha mostrado «atrevimiento», quiere decir que le ha pegado. El gordo, antiguo suboficial, envidia secretamente a su amigo esmirriado, y por ese motivo ambos, cuando están juntos, hacen gala de un estilo afectado.

—Pues yo lo que te digo es que tú tampoco tenías razón… —empieza en un tono dogmático el escribiente, obstinándose en no levantar la vista hacia el otro y mirando al suelo con gravedad.

—¡Qué atrevimiento!, ¿me has oído? —le interrumpe el otro, zarandeando con más violencia aún a su querido amigo—. Eres la única persona que me queda en este mundo, ¿me estás oyendo? Por eso sólo te lo digo a ti: ¡se ha atrevido conmigo!

—Y yo te repito una vez más que tan lamentable excusa, querido amigo, no constituye sino un oprobio que pesa sobre ti —replica el escribiente con una vocecilla educada—. Más te valdría admitir, querido amigo, que todo se ha debido a la embriaguez, como consecuencia de tu propia inconstancia…


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