Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta No había un cartel escrito como tal. En la segunda o tercera representación apareció uno, no obstante, escrito por Baklushin, para los señores oficiales y, en general, para los distinguidos visitantes que honraron con su presencia nuestro teatro ya desde la primera representación. Concretamente, entre tales señores estuvo asiduamente el oficial de guardia, y en una ocasión asistió incluso el jefe responsable de todos los servicios de guardia. También vino una vez un oficial de ingenieros. Para esta clase de público se hizo el cartel. Se suponía que la fama del teatro de presidiarios resonaría por toda la fortaleza y se extendería hasta la ciudad, sobre todo porque en ella no había teatro. Se decía que allí tan sólo había habido una representación a cargo de unos aficionados, nada más. Los presidiarios, como chiquillos, se regocijaban con el menor éxito, y hasta se vanagloriaban de ello. «Quién sabe —pensaban para sus adentros y comentaban entre ellos—, podría llegar a oídos de los más altos jefes; si vinieran a verlo, descubrirían cómo son los presos. Esta no es una simple función para soldados, a base de monigotes, barcas flotantes, osos que caminan y cabras. Aquí tenemos actores, actores de verdad, que representan comedias dignas de señores; un teatro así no lo hay ni siquiera en la ciudad. Según dicen, en casa del general Abrosímov hubo una vez una función, y piensan hacer otra; bueno, puede que su vestuario sea mejor, pero lo que son los diálogos, habría que ver si valen lo que los nuestros. Puede que la noticia llegue hasta el gobernador, y como el diablo siempre está enredando, a lo mejor se le ocurre venir. Como en la ciudad no hay teatros…» De manera que la fantasía de los reclusos, sobre todo a raíz del primer éxito, rebasó todos los límites durante las fiestas; algunos llegaron a hablar de premios, e incluso de acortamiento de las condenas a trabajos forzados, si bien ellos eran los primeros en echarse a reír casi inmediatamente, con el mejor de los talantes, de sus propias fantasías. En una palabra, eran unos niños, unos verdaderos niños, aunque algunos pasaran de los cuarenta años. A pesar de que no hubiera un cartel anunciador, yo ya conocía, a grandes rasgos, la composición del espectáculo proyectado. La primera obra era Filatka y Miroshka, rivales[58]. Una semana antes de la representación, Baklushin presumía ante mí de que el papel del propio Filatka, que correría a su cargo, sería interpretado de un modo que no se había visto ni en los teatros de San Petersburgo. Recorría los barracones presumiendo descaradamente, sin la menor vergüenza, aunque también con total inocencia, y a veces soltaba de pronto algo tiatral, es decir, sacado de su papel, y todos se reían a carcajadas, tanto si lo que recitaba tenía gracia como si no. Hay que reconocer que también en este aspecto los reclusos supieron controlarse y conservar su dignidad: con las ocurrencias de Baklushin y las historias sobre la inminente representación sólo se entusiasmaban los más jóvenes e inexpertos, que no sabían refrenarse, o los presidiarios más significados, cuya autoridad se asentaba sobre bases sólidas, de manera que ya no tenían nada que temer si manifestaban abiertamente sus emociones, fueran las que fueran, incluso las más cándidas (es decir, las más indecentes desde el punto de vista carcelario). Los demás escuchaban los rumores y los comentarios en silencio; ciertamente no los censuraban ni los rebatían, pero ponían todo su empeño en acoger los rumores sobre el teatro con indiferencia y, en parte, incluso con desdén. Tan sólo a última hora, en vísperas de la función, empezaron todos a interesarse: ¿qué va a haber?, ¿qué hacen los nuestros?, ¿y el mayor?, ¿saldrá igual de bien que hace dos años?… Baklushin me aseguraba que todos los actores habían sido seleccionados de forma magistral, y cada uno estaba «en su papel». Que no faltaría ni el telón. Que el papel de la novia de Filatka lo interpretaría Sirotkin: «¡Y ya verá usted qué bien está vestido de mujer!», decía entrecerrando los ojos y chasqueando la lengua. La bondadosa mujer del hacendado llevaría un vestido con volantes, una esclavina y una sombrilla, y su esposo saldría con levita de oficial con charreteras, portando un bastón ligero. Después venía la segunda obra, un drama: Kedril el glotón. El título me intrigó mucho, pero, por más que pregunté acerca de la obra, no conseguí averiguar nada de antemano. Tan sólo me enteré de que no la habían tomado de ningún libro, sino de «un manuscrito»; que se la había proporcionado un suboficial retirado que vivía en los arrabales y que probablemente alguna vez habría intervenido en su representación, en alguna función de soldados. En nuestro país, en las ciudades y provincias más remotas, existen de hecho obras teatrales que, al parecer, nadie conoce, que seguramente nunca han sido publicadas, pero que han aparecido no se sabe cómo y son un patrimonio imprescindible con el que cuenta cualquier teatro popular de una determinada región de Rusia. A propósito: he dicho «teatro popular». Estaría muy, pero que muy bien que alguno de nuestros estudiosos se ocupara nuevamente, y de forma más concienzuda que en el pasado, de investigar el teatro popular, el cual indudablemente existe y tal vez no sea en absoluto despreciable. Me resisto a creer que todo lo que después vi en el teatro del penal fuera invención de nuestros presos. Ha de existir forzosamente una tradición heredada, una serie de procedimientos y conceptos establecidos en su momento y transmitidos de generación en generación desde tiempo inmemorial. Hay que buscarla entre los soldados, entre los trabajadores industriales de las ciudades fabriles, e incluso en ciertas poblaciones perdidas y miserables, entre los comerciantes y artesanos. También se ha conservado en las aldeas y en las capitales de provincia, entre los criados de las grandes mansiones señoriales. Pienso que incluso muchas obras antiguas se han difundido en forma manuscrita por toda Rusia, gracias justamente a los criados de los grandes señores. Antiguamente, los viejos terratenientes y los señores moscovitas solían tener sus propios teatros, integrados por siervos que trabajaban como actores. Fue precisamente en esos teatros donde tuvo su origen nuestro arte dramático popular, del que hay indicios evidentes. Por lo que respecta a Kedril el glotón, a pesar de mi empeño, no logré saber nada de antemano, salvo que en escena aparecían espíritus malignos que se llevaban a Kedril al infierno. Pero ¿qué era eso de Kedril y, en definitiva, por qué Kedril y no Kirill? ¿Se trataba de una obra de procedencia rusa o extranjera? No pude aclarar nada de esto[59]. Para terminar, se anunció que se representaría una «pantomima musical». Todo esto era muy curioso, sin duda. Había unos quince actores, todos ellos hábiles y decididos. Se les veía todo el rato juntos, rebulléndose, a veces ensayaban detrás de los barracones, disimulaban, se escondían. En resumen, pretendían sorprendernos a todos con algo insólito e inesperado.