Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Entre semana el penal se cerraba temprano, en cuanto anochecía. Durante las fiestas navideñas se hizo una excepción: no se cerraban las puertas hasta el toque de retreta. Este privilegio se otorgó especialmente para el teatro. A lo largo de las fiestas, todos los días, al atardecer, se hacía llegar al oficial de guardia la humilde solicitud de «autorizar el teatro y cerrar algo más tarde las puertas del presidio», añadiendo que la víspera también había habido teatro y no habían cerrado hasta más tarde, sin que se hubiera registrado el menor incidente. El oficial de guardia se hacía el siguiente planteamiento: «Efectivamente, ayer no hubo incidentes; ellos ahora me dan su palabra de que tampoco hoy se van a producir, lo cual significa que ellos mismos se van a encargar de vigilar, y ése es el sistema más seguro. Además, si no permito la representación, podría ocurrir (¿quién sabe?, ¡son presidiarios!) que se enfurecieran, que hicieran algún desaguisado con mala intención y provocaran a la guardia». Además, el oficial de guardia siempre tenía el derecho de asistir a la representación.






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