Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Antes de las siete vino a buscarme Petrov, y nos dirigimos juntos a ver la función. De nuestro barracón asistimos casi todos, salvo el viejo creyente de Chernígov y los polacos. Los polacos sólo se decidieron a acudir al teatro en la última representación, el cuatro de enero, y eso después de que se les asegurara reiteradamente que el espectáculo estaba bien, que era divertido y que no había peligro alguno. La actitud desdeñosa de los polacos no afectó en lo más mínimo a los reclusos, que el cuatro de enero les acogieron con mucha cortesía. Incluso les ofrecieron los mejores sitios. En cuanto a los cherqueses, y en particular a Isái Fómich, para ellos nuestro teatro fue una auténtica delicia. Isái Fómich dio en cada función tres kopeks, y en la última dejó diez en el platillo, con la felicidad reflejada en su rostro. Los actores habían acordado recaudar lo que cada espectador diera voluntariamente, para los gastos del teatro y para reconfortarse ellos personalmente. Petrov aseguraba que a mí me reservarían uno de los mejores sitios, por muy lleno que estuviera el teatro, basándose en el hecho de que yo, al ser más rico, probablemente daría más, y también en que yo entendía más que los otros. Así fue. Pero en primer lugar voy a describir la sala y la disposición del teatro.