Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta El barracón militar en el que montaron el teatro mediría unos quince pasos de largo. Desde el patio se pasaba al porche, de allí al vestíbulo, y desde aquí se entraba en el barracón. Este largo barracón, como ya he explicado anteriormente, tenía una disposición especial: la hilera de camastros se situaba a lo largo de la pared, de modo que el centro de la sala quedaba libre. La mitad de la sala más cercana a la salida al porche quedó reservada para los espectadores; la otra mitad, comunicada con otro barracón, se destinó al escenario. Lo primero que me sorprendió fue el telón. Mediría unos diez pasos, atravesando la sala a lo ancho. Ese telón era todo un lujo, algo realmente asombroso. Además, estaba decorado con pinturas al óleo: en él se veían árboles, templetes, estanques y estrellas. Lo habían confeccionado con retazos de tela, vieja y nueva, según lo que cada cual hubiera dado o sacrificado: viejas vendas para los pies y camisas de presidiario, cosidas de cualquier modo hasta formar un gran lienzo; por último, como no había alcanzado la tela, una parte era sencillamente de papel, mendigado hoja a hoja en diversas oficinas y dependencias. Los reclusos pintores, entre los cuales destacaba A…v, nuestro Briúllov, se encargaron de colorearlo y pintarlo. El efecto era admirable. Tanto lujo alegraba incluso a los presos más sombríos y puntillosos; todos ellos, cuando llegó la función, resultaron tan infantiles como los más acalorados e impacientes. Todo el mundo se mostró muy satisfecho, incluso de una forma jactanciosa. La iluminación consistía en unas cuantas velas de sebo cortadas en pedazos. Delante del telón habían colocado dos bancos de la cocina, y por delante de éstos había tres o cuatro sillas, traídas del cuarto del suboficial. Las sillas las habían puesto por si acaso acudían oficiales de mayor graduación; los bancos estaban destinados a los suboficiales y escribientes del cuerpo de ingenieros, a los capataces y a otras personas que, sin ser oficiales, desempeñaban tareas de mando. Todo ello en el caso de que viniesen a ver el teatro. Así fue: a lo largo de todas las fiestas no faltaron los visitantes de fuera, algunas tardes más, otras menos, pero en la última función no quedó ni un sitio libre en los bancos. Finalmente, por detrás de los bancos, se situaban los presos, de pie, sin gorra, en señal de respeto a los visitantes, con sus chaquetas y pellizas, a pesar del ambiente sofocante, espeso, de la sala. Por supuesto, el espacio que quedaba para los reclusos resultaba muy escaso. No sólo estaban literalmente subidos unos encima de otros, sobre todo en las últimas filas, sino que también habían ocupado los camastros y los bastidores del escenario; además, había aficionados que afluían constantemente por detrás del teatro, entrando en el barracón vecino, y desde allí, a través de los bastidores traseros, seguían la función. El hacinamiento, en la primera mitad del barracón, era algo fuera de lo común, y podía competir con el hacinamiento y las apreturas que había visto recientemente en el baño. La puerta que daba al vestíbulo estaba abierta; aquí, con veinte grados bajo cero, también se amontonaba la gente. A Petrov y a mí nos abrieron paso de inmediato, casi hasta los bancos, desde donde se veía mucho mejor que desde las filas traseras. En cierto modo, me tenían por un entendido, un experto que había frecuentado los teatros de verdad, no como aquél; habían visto que Baklushin, durante todos esos días, me había pedido consejo y me trataba con deferencia; en consecuencia, en ese instante me mostraban su respeto y me reservaban un buen sitio. Es verdad que los reclusos podían mostrarse vanidosos y superficiales en grado sumo, pero todo era pura afectación; podían reírse de mí al ver mi torpeza como compañero de trabajo. Almázov podía mirarnos con desprecio a los nobles, jactándose de su habilidad para tostar el alabastro. A sus persecuciones y burlas se añadía otro factor: nosotros habíamos sido nobles en otro tiempo, pertenecíamos a la misma clase que sus antiguos señores, de los cuales no podían guardar un buen recuerdo. Pero en aquel momento, en el teatro, se apartaban a mi paso. Reconocían que en esta materia yo podía juzgar mejor que ellos, ya que tenía más experiencia y sabía más. Hasta los que estaban peor predispuestos hacia mí (me consta) deseaban entonces que elogiase su teatro, y sin asomo de servilismo me cedían el mejor sitio. Hago ahora estos juicios, evocando mis impresiones de entonces. En aquel momento tuve también la sensación —lo recuerdo muy bien— de que su adecuada valoración de sí mismos no implicaba humillación alguna, sino respeto por su propia dignidad. El rasgo dominante, y el que define de forma más tajante a nuestro pueblo, es su sentido de la justicia y su afán por conseguirla. Por el contrario, lo que no se da en nuestro pueblo es la costumbre de pavonearse, de figurar los primeros en todas partes, a toda costa, con méritos o sin ellos. Basta con levantar la cáscara superficial, adherida artificialmente, y observar el grano mismo con toda atención, más de cerca, sin prejuicios, para descubrir en el pueblo cosas que no podríamos adivinar. No es mucho lo que nuestros sabios pueden enseñar al pueblo. Más bien, afirmo rotundamente, es al contrario: son ellos los que deben aprender del pueblo.