Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Petrov me habÃa dicho ingenuamente, cuando nos disponÃamos a ir al teatro, que a mà me cederÃan un buen sitio porque, entre otras razones, yo iba a dar más dinero. No habÃa un precio fijo: cada cual daba lo que podÃa o lo que querÃa. Casi todos contribuÃan, aunque no fuese más que con un grosh, cuando pasaban el platillo. Pero, aunque a mà me cedieran un buen sitio en parte por dinero, pensando que yo darÃa más que otros, también eso respondÃa a un gran sentido de la propia dignidad. «Tú eres más rico que yo, asà que pasa adelante, pues, aunque aquà seamos todos iguales, tú vas a contribuir con más: por consiguiente, un espectador como tú les resulta más grato a los actores; el mejor sitio es para ti, porque ninguno de nosotros está aquà por dinero, sino por respeto y, por tanto, nosotros mismos debemos situarnos donde nos corresponda». ¡Cuánto noble orgullo, auténtico orgullo, habÃa en ellos! No se trataba de respeto al dinero, sino de respeto a ellos mismos. En general, el dinero, las riquezas, no eran objeto en el presidio de una especial veneración, sobre todo si se considera a los reclusos en su conjunto, en masa, sin hacer distinciones. Tampoco recuerdo que ninguno de ellos se rebajase seriamente por dinero, ni siquiera examinándolos de uno en uno. Sà habÃa pedigüeños, y yo no me libré de sus sablazos. Pero era más una cuestión de granujerÃa, de picaresca, que de mendicidad propiamente dicha; tenÃa mucho de broma, era algo muy inocente. No sé si me explico con claridad… Pero ya me estaba olvidando del teatro. Al grano.