Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Antes de que se levantara el telón, la sala entera ofrecía un cuadro curioso y animado. En primer lugar, estaba la masa de espectadores, apretujados, aplastados, comprimidos por todas partes, esperando pacientemente, con la felicidad dibujada en los rostros, el comienzo de la función. En las últimas filas había un gran hormigueo de personas que se echaban unas encima de otras. Muchos se habían traído un madero de la cocina: colocaban como podían el grueso madero contra la pared, se encaramaban sobre él, se apoyaban con ambas manos en los hombros del compañero que estaba delante y, sin cambiar de postura, permanecían así unas dos horas, muy satisfechos de sí mismos y del sitio que ocupaban. Otros tenían firmemente asentados los pies sobre el saliente inferior de la estufa y permanecían en idéntica postura todo el tiempo, apoyándose también en los que estaban delante. Eso es lo que ocurría en las filas de más atrás, junto a la pared. En el lateral, subida a los camastros, había también una masa compacta de gente situada por encima de los músicos. Allí había buenos sitios. Cinco individuos habían trepado hasta la parte superior de la estufa y desde allí, tumbados, miraban hacia abajo. ¡Eso sí que era una delicia! En los alféizares de las ventanas de la pared opuesta también se arracimaban grupos enteros de espectadores rezagados o que sencillamente no habían encontrado un buen sitio. Todos se comportaban de forma pacífica y respetuosa. Deseaban exhibir su mejor cara ante los señores y ante los visitantes en general. En todos los semblantes se reflejaba su expectación, absolutamente ingenua. Todas las caras estaban enrojecidas y bañadas en sudor, a causa del calor y el bochorno. ¡Qué extraño destello de alegría infantil, de tierna y pura satisfacción, resplandecía en aquellas frentes y mejillas surcadas de arrugas y cicatrices, en aquellas miradas de unos hombres que hasta entonces siempre se habían mostrado sombríos y huraños, en aquellos ojos donde a veces chispeaba un fuego terrible! Todos se habían quitado la gorra y desde el lado de la derecha todas las cabezas se veían rapadas. Pero en el escenario ya se percibe el bullicio, el trajín. El telón está a punto de levantarse. La orquesta empieza a tocar… Es una orquesta digna de ser descrita. En un lateral, junto a los camastros, se habían instalado ocho músicos: dos violines (uno era del penal, el otro se lo habían pedido prestado a alguien de la fortaleza, pero lo tocaba uno de los nuestros), tres balalaikas, todas ellas de fabricación casera, dos guitarras y una pandereta que hacía las veces de contrabajo. Los violines no hacían más que rechinar monótonamente y las guitarras eran pésimas, pero las balalaikas eran insuperables. La destreza de los dedos que punteaban las cuerdas igualaba sin duda a la del más hábil prestidigitador. Tocaban sólo temas de danza. En los pasajes más animados, los músicos repiqueteaban con los nudillos sobre las tablas de sus balalaikas; el tono, el gusto, la ejecución, el manejo de los instrumentos, el estilo de la interpretación del tema, todo aquello resultaba peculiar, original, tenía el sabor del presidio. Uno de los guitarristas también sabía tocar su instrumento de forma magistral. Se trataba de aquel noble que había matado a su padre. En cuanto a la pandereta, era sencillamente prodigiosa: el músico tan pronto la hacía girar con un dedo como pasaba el pulgar por la piel; podían estar resonando golpes frecuentes, enérgicos y regulares, y de improviso ese sonido poderoso y nítido parecía desparramarse, como un puñado de guisantes, en un sinfín de sonidos diminutos, tintineantes y susurrantes. Finalmente, aparecieron también dos acordeones. Doy mi palabra de honor de que hasta ese momento yo no tenía ni idea de lo que se podía hacer con esos instrumentos humildes, populares; la armonía de los sonidos, la coordinación y, sobre todo, el alma, la naturaleza de la comprensión y de la transmisión de la verdadera esencia del motivo musical eran realmente asombrosas. Fue entonces cuando alcancé a comprender por primera vez en qué consiste exactamente el infinito brío y desenfreno de las briosas y desenfrenadas canciones rusas de baile. Por fin, se levantó el telón. Todo el mundo se movió, todo el mundo corrigió la posición de los pies, los de las filas traseras se pusieron de puntillas; hubo quien se cayó del madero al que estaba subido; todos, del primero al último, se quedaron boquiabiertos, con la mirada fija, y reinó el más absoluto silencio… Había empezado la función.