Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta A mi lado estaba Alí, en el grupo de sus hermanos y los demás cherqueses. Se habían aficionado apasionadamente al teatro e iban a verlo cada noche. He podido constatar en más de una ocasión que los musulmanes, los tártaros, etc., son fervientes aficionados a toda clase de espectáculos. Junto a ellos se había hecho también un hueco Isái Fómich, quien, al parecer, desde que se levantó el telón, era todo ojos y oídos, y esperaba ansioso, con absoluta candidez, toda suerte de prodigios y delicias. Habría sido una pena que sus esperanzas quedaran defraudadas. El simpático rostro de Alí resplandecía con un júbilo tan infantil, tan hermoso, que confieso que a mí me entusiasmaba mirarle, y recuerdo que, cada vez que algún actor tenía una salida divertida e ingeniosa y provocaba la hilaridad general, yo no podía evitar volverme hacia Alí para fijarme en su rostro. Él a mí no me veía, ¡bastante ocupado estaba ya! Muy cerca de mí, a la izquierda, estaba un preso ya entrado en años, siempre ceñudo, descontento y malhumorado. También él se había fijado en Alí, y vi cómo se volvió varias veces a mirarle, esbozando una sonrisa: ¡era tan agradable! Le llamaba «Alí Semiónich», no sé por qué. Empezaron con Filatka y Miroshka. Filatka (Baklushin) estaba realmente soberbio. Interpretaba su papel con un dominio admirable. Se notaba que había meditado cada una de sus frases, de sus movimientos. A cualquier palabra banal, a cualquier gesto, había sabido darle un sentido y una significación que se ajustaba perfectamente al carácter de su personaje. A este esfuerzo, a esta preparación, se añadía una alegría, una sencillez y una naturalidad asombrosas y auténticas: cualquiera que hubiera visto a Baklushin estaría sin duda de acuerdo en que se trataba de un verdadero actor, de un actor nato, con un gran talento. Yo he visto Filatka en varias ocasiones en teatros de Moscú y Petersburgo, y afirmo categóricamente que los actores de ambas capitales interpretaron el papel de Filatka peor que Baklushin. A su lado parecían aldeanos de opereta, no auténticos campesinos. Ponían demasiado empeño en imitar a los campesinos. Además, Baklushin tenía el acicate de la rivalidad: todos sabíamos que en la segunda obra el papel de Kedril lo iba a interpretar el preso Potseikin, un actor a quien todo el mundo, por alguna razón, consideraba superior a Baklushin, con mejores dotes que él, y Baklushin sufría por esto como un chiquillo. Cuántas veces había acudido a mí en aquellos días para confesarme sus sentimientos. Dos horas antes de empezar la función se puso a temblar, presa de la fiebre. Cuando los espectadores se reían a carcajadas y le gritaban: «¡Bravo, Baklushin! ¡Genial!», su rostro se iluminaba de dicha y una auténtica inspiración se reflejaba en sus ojos. La escena del beso con Miroshka, cuando Filatka le advierte antes al otro actor: «¡Límpiate!», y él mismo se limpia, resultó de una comicidad desternillante. Todo el mundo se partía de risa. Pero para mí lo más interesante era el público; allí todos se mostraban tal y como eran, sin tapujos. Se entregaban sin reservas a su entusiasmo. Los gritos de aliento se escuchaban cada vez con mayor frecuencia. Hay quien le da un ligero codazo a su compañero y le transmite brevemente sus impresiones, sin preocuparse siquiera por saber quién tiene a su lado, y seguramente sin verle; otro, ante una escena divertida cualquiera, se vuelve entusiasmado hacia la multitud, y la recorre rápidamente con la mirada, como animando a todo el mundo a reírse, luego hace un gesto de desaliento con la mano y acto seguido vuelve a centrar todo su interés en la escena. Un tercero no para de chasquear la lengua y los dedos, y se le ve incapaz de quedarse tranquilo en su sitio; pero como no puede salir de allí, tiene que conformarse con cambiar constantemente de postura. Cuando estaba terminando la obra, el contento general llegó a su apogeo. No exagero lo más mínimo. Imaginemos el presidio, los grilletes, el cautiverio, los largos y tristes años que hay por delante, una vida monótona como la llovizna en un gris día otoñal, y, de pronto, a todos esos hombres oprimidos, encerrados, se les permite por un rato estar a sus anchas, divertirse, olvidar sus pesadillas, montar un teatro, y además, ¡menudo teatro!: el orgullo y el asombro de toda la ciudad, ¡para que vean quiénes son los presos! A ellos, naturalmente, todo les llamaba la atención: los trajes, pongamos por caso. Les resultaba enormemente curioso ver, por ejemplo, a un tal Vanka Otpiety[60], o a Netsvetáyev, o a Baklushin, vestidos de forma completamente distinta a como les veían a diario, durante tantos años ya. «Ya veis que es un presidiario, ese mismo que arma tanto ruido cuando pasa con sus grilletes, pero ahora sale con levita, con un sombrero redondo, con capa… ¡como un civil! Se ha puesto un bigote postizo y una peluca. Fijaos, ha sacado un pañuelo rojo del bolsillo, se abanica con él, imita a un barin[61], ¡parece enteramente un barin!» Y todos entusiasmados. El hacendado bondadoso apareció con un uniforme de edecán, muy viejo, la verdad; llevaba charreteras y una gorra con escarapela, y produjo un efecto extraordinario. Para este papel hubo dos candidatos, y ¿os querréis creer que estuvieron peleándose como niños a ver quién se salía con la suya?: ¡ambos querían exhibirse con aquel uniforme de oficial con charreteras! Tuvieron que separarles los otros actores, que decidieron por mayoría dar el papel a Netsvetáyev, no porque éste fuera más guapo y apuesto que el otro y, en consecuencia, se pareciese más a un barin, sino porque Netsvetáyev les aseguró que saldría a escena con un bastón ligero que agitaría por el aire y con el que trazaría figuras en el suelo, como un auténtico barin, como un consumado lechuguino, cosa que a Vanka Otpiety no podía ni pasársele por la imaginación, porque él jamás había visto a un señor de verdad. En efecto, en cuanto apareció ante el público acompañado de su mujer, Netsvetáyev se puso a trazar en el suelo graciosas y rápidas figuras con su fino bastoncillo de junco, conseguido no se sabe dónde: seguramente veía en ello una marca del señorío más excelso, de la elegancia extrema, de la distinción. Probablemente, alguna vez allá en su infancia, siendo un rapazuelo del servicio doméstico, cuando todavía andaba descalzo, habría tenido la ocasión de admirar a algún elegante barin llevando bastón, y le habría cautivado su habilidad para jugar con él, y esa imagen se habría quedado grabada, de forma indeleble, en su alma; de ese modo ahora, a sus treinta años, todo aquello le había venido a la memoria, y eso le había permitido fascinar y seducir al presidio entero. Netsvetáyev estaba tan concentrado en su actuación que no se fijaba en nada ni en nadie, y no levantaba la vista ni siquiera al hablar; lo único que le preocupaba era seguir atentamente con la mirada el extremo del bastón. La hacendada bondadosa también estaba absolutamente admirable en su papel: apareció con un vestido de muselina, viejo y gastado, hecho un verdadero trapo, sin mangas y escotado, con la cara exageradamente empolvada y llena de colorete, llevando un gorro de dormir de percalina anudado por debajo de la barbilla, con una sombrilla en una mano y un abanico de papel pintado en la otra, que no dejaba en ningún momento de agitar. Una salva de risas acogió a la dama; ella misma era incapaz de contenerse y en más de una ocasión se echó a reír. Ese papel lo interpretaba el recluso Ivanov. Sirotkin, vestido de muchacha, estaba maravilloso. También las coplas tuvieron mucho éxito. En resumen, la obra concluyó en medio de la más rotunda satisfacción general. No hubo críticas, ni podía haberlas.