Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Volvieron a tocar la obertura Mi zaguán, y de nuevo se levantó el telón. Era Kedril. Kedril es una especie de Don Juan; por lo menos, al amo y al criado al final de la obra se los llevan al infierno los demonios. Se representaba un acto completo, pero era evidente que se trataba de un fragmento: el principio y el final se habían perdido. No tenía ni pies ni cabeza. La acción se desarrolla en Rusia, en una posada. El posadero acompaña a su cuarto a un caballero que viste un capote y un sombrero redondo desfigurado. Le sigue su criado Kedril con una maleta y una gallina envuelta en papel azul. Kedril lleva una pelliza y una gorra de lacayo. Este Kedril es «el glotón». Hace de Kedril el recluso Potseikin, rival de Baklushin; el papel de su señor lo representa Ivanov, el mismo que en la primera obra hizo de la terrateniente bondadosa. El posadero, Netsvetáyev, advierte de que en la habitación hay demonios, y desaparece. El caballero, sombrío y preocupado, murmura para sus adentros que él ya lo sabía hacía tiempo, y ordena a Kedril que deshaga el equipaje y prepare la cena. Kedril es un cobarde y un glotón. En cuanto oye hablar de demonios, palidece y se pone a temblar como una hoja. De buena gana saldría corriendo, pero teme a su amo. Además, le apetece comer. Es goloso, necio, pícaro a su manera y cobarde; engaña a su señor a cada paso, pero a la vez le tiene miedo. Es un tipo de criado muy notable, en el cual se advierten, lejana y vagamente, los rasgos de Leporello, y es representado de forma realmente magistral. Potseikin tenía un talento innegable, y, a mi entender, era mejor actor aún que Baklushin. Naturalmente, al encontrarme al día siguiente con Baklushin, no le di mi opinión más que a medias: le habría causado un gran disgusto. El preso que representaba al amo tampoco lo hacía nada mal. Dijo algunos disparates tremendos, sin posible comparación; pero su dicción era correcta y viva, y sus gestos adecuados. Mientras Kedril se ocupa de las maletas, su amo va y viene por el escenario, enfrascado en sus reflexiones, y anuncia de forma audible que esa noche sus andanzas llegan a su fin. Kedril, intrigado, le escucha con atención, hace muecas sin parar y habla aparte, despertando con cada palabra suya la hilaridad de los espectadores. No siente la menor lástima de su amo; pero ha oído hablar de demonios y le gustaría saber de qué se trata, así que entabla conversación y empieza a hacer preguntas. Su amo, por fin, le cuenta que en cierta ocasión, hallándose en un aprieto, imploró la ayuda del infierno y los diablos acudieron en su auxilio y pudo superar aquel trance; pero que en esta fecha vence el plazo y es posible que vengan hoy mismo a llevarse su alma, según lo convenido. Kedril está ahora muerto de miedo, pero el señor no se acobarda y le manda preparar la cena. Al oír esta palabra, Kedril se reanima, saca la gallina, saca el vodka, y de buenas a primeras arranca un pedazo de gallina y lo prueba. El público estalla en carcajadas. Pero chirría una puerta, el viento sacude los postigos; Kedril se estremece y, a toda prisa, de forma casi inconsciente, se mete en la boca un trozo enorme de gallina, que no es capaz ni de tragarse. Más carcajadas. «¿Está ya lista?», le grita el amo, que no para de dar vueltas por el cuarto. «Ahora mismo, señor… se la estoy… preparando», responde Kedril, pero es él quien se sienta a la mesa y con la mayor tranquilidad del mundo se dispone a devorar la cena de su señor. Al público se ve que le entusiasma la viveza y la picardía del criado, y que el amo haga el primo. También hay que reconocer que Potseikin merecía sin duda toda clase de elogios. La frase «Ahora mismo, señor, se la estoy preparando», la dijo de un modo soberbio. Sentado a la mesa, empieza a comer con avidez y se sobresalta a cada paso del amo, no vaya a ser que este caiga en la cuenta del engaño; al primer ademán de darse la vuelta, el criado se esconde bajo la mesa, sin soltar la gallina. Por fin ha saciado el hambre más urgente; ya es hora de pensar en el señor. «Kedril, ¿te falta mucho?», grita el caballero. «¡Ya está lista!», responde Kedril con viveza, que se ha percatado de que a su amo no le ha quedado casi nada. En el plato, en efecto, no hay más que un muslo de gallina. El señor, sombrío y preocupado, se sienta a la mesa sin darse cuenta de nada, mientras Kedril, con una servilleta, se coloca detrás de su silla. Cada palabra, cada gesto, cada mueca de Kedril cuando se dirige al público y hace movimientos con la cabeza alusivos al mentecato de su amo, es acogido por los espectadores con una risa incontenible. Pero he aquí que apenas ha empezado a cenar el caballero cuando se presentan los demonios. Esto ya no hay quien lo entienda, y además los diablos hacen su aparición de una forma muy poco corriente: en el bastidor de uno de los laterales se abre una puerta y sale una especie de bulto blanco, que en vez de cabeza tiene un farol con una vela; otro fantasma, también con un farol como cabeza, sostiene una guadaña. ¿A qué vienen esos faroles, a qué viene esa guadaña, a qué vienen esos diablos vestidos de blanco?; nadie acierta a explicárselo. Después de todo, nadie se lo plantea. Será así porque seguro que tenía que ser así. El señor, con bastante arrojo, se dirige a los demonios y les grita que está preparado, que ya pueden llevárselo. Pero Kedril tiembla de miedo como una liebre; se desliza debajo de la mesa, pero, a pesar del susto que lleva encima, no se olvida de echar mano de la botella de vodka que está en la mesa. Los diablos desaparecen por un instante; Kedril sale de su escondite; pero, en cuanto su amo se dispone nuevamente a dar cuenta de la gallina, irrumpen tres demonios en la habitación, le agarran por detrás y se lo llevan a los infiernos. «¡Kedril, sálvame!», grita el caballero. Pero Kedril tiene otra cosa en que pensar. En esta ocasión, no sólo coge la botella, sino también el plato y hasta el pan, y se esconde debajo de la mesa. Pero ahora se ha quedado solo, ya no están los demonios, tampoco su señor. Kedril sale, mira a su alrededor, y una sonrisa le ilumina la cara. Hace un guiño malicioso, se sienta en el lugar de su amo y, acompañando sus palabras con un gesto de la cabeza dirigido al público, dice a media voz: